A partir de julio de 1976, los radioaficionados, las torres de control de aviación y los operadores de comunicaciones marítimas de todo el planeta comenzaron a escuchar una interferencia insoportable en las bandas de onda corta. Se trataba de un golpeteo agudo, seco y repetitivo a una velocidad de diez clics por segundo, muy similar al sonido de un pájaro carpintero picoteando un tronco a toda velocidad. Esta señal misteriosa aparecía sin previo aviso y emitía con una potencia descomunal de más de diez megavatios, aplastando cualquier transmisión comercial o de emergencia que se encontrara en su camino.
Durante años, la señal alimentó las teorías de conspiración más extremas en plena Guerra Fría: desde ensayos para armas de control mental masivo hasta experimentos militares para alterar el clima planetario. La realidad técnica era igual de impresionante pero con un fin militar estratégico. El responsable era el sistema Duga, un colosal radar transhorizonte construido por la Unión Soviética a pocos kilómetros de la central nuclear de Chernóbil. Su antena era una muralla de acero de casi 150 metros de alto por medio kilómetro de largo que requería tanta energía eléctrica que debía alimentarse directamente de la planta nuclear. El radar funcionaba haciendo rebotar potentes pulsos de radiofrecuencia en la ionosfera para "ver" más allá de la curvatura de la Tierra y detectar el despegue de misiles balísticos intercontinentales desde Estados Unidos en cuestión de segundos, dejando una huella imborrable en la historia de las telecomunicaciones globales.